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APROXIMACION A LA ETERNIDAD

 

 

 

"Mujer peinandose el cabello, 1886"

Edgar Degas, "Mujer peinandose el cabello, 1886"

La noción que tenemos de lo eterno se hace presencia  en el adjetivo “eterno” que  recrea  una subjetividad abstracta. Ésta realidad es comunicable porque existe en el lenguaje y porque la cultura le reviste de significados ampliamente comprensibles. De esta manera, y hasta obviando su tronco etimológico y semántico, es común tener una idea de qué es “lo eterno”. En éste escrito intentaremos acercarnos a ese concepto para, posteriormente, sugerir una aproximación.

Existe la percepción de que lo eterno se relaciona  con dos ideas: a) lo que no sufre alteración alguna (lo que es inmutable) y b) lo que “no tiene principio ni fin” (el infinito).

Lo eterno trasciende la idea de tiempo puesto que el tiempo es cambio: nada que transcurra en el tiempo es eterno. Heráclito (s VI y V a.c) manifestaba tangencialmente  que “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]” ejemplificando  que en cada segundo, en cada instante, todo cambia: nosotros, las cosas, el sol y las estrellas. Algo de eso logró intuir Mercedes Sosa en su canción Todo Cambia: Cambia lo superficial/Cambia también lo profundo/Cambia el modo de pensar/ Cambia todo en este mundo”.  Considerando lo señalado podriamos deducir que los seres humanos,  como sujetos “victimas” del tiempo, se les estaría vetada la participación en la inmanencia  de lo eterno.

La idea de lo eterno se asocia preferentemente a lo divino. Los héroes de la mitología griega clásica (Aquiles, Hércules) eran hijos de dioses con mortales: tenían de los dioses el poder, la destreza, la fuerza; pero,  a diferencia de ellos, y debido a su consanguineidad humana, estaban sujetos al cambio: a  la muerte en el curso inexorable de los días.  Sólo los dioses del Monte Olimpo eran  bellos, perfectos y eternos.

En la religión cristiana occidental existe la convicción de que “el reino de los cielos” es un lugar abrigado por la eternidad áulica del único Dios: para acceder a “la verdadera gloria” el buen cristiano debe “ganarse el cielo” (la vida eterna) con sus actos de fe en la tierra: lo eterno está reservado al cielo, a una gracia divina.

La conciencia de la inevitabilidad de la muerte sin el consuelo de una existencia posterior a la vida ha despertado despierta en el ser humano un sentimiento de angustia; una sensibilidad precaria de sí; una miseria del ser. Este sentir doliente del tiempo y de su avería insensible  ha movido a pensadores, políticos  y artistas a dejar su huella: a querer trascender  con  obras, con  gestas, con creaciones. Dejar “gloría y fama de sí” fue el hontanar psicológico de las decisiones vitales que asumieron gran parte de los aventureros, artistas y creadores. Nos quedaron grandes nombres: hombres que, a través de sus obras, burlaron la fugacidad de una vida esculpiendo con actos su figura en el curso de la historia. Ante la certeza de no poder ser parte de lo eterno se buscó la trascendencia en la memoria (una pequeña eternidad).

A contrapelo de lo señalado más arriba nos encontramos con el pintor Edgar Degas (1834-1917) quien quiso plasmar en sus cuadros el instante fugaz de lo eterno. Topamos aquí con una contrariedad: el anunciador del impresionismo denota en momentos cotidianos de la vida (en el ballet, en una cantina, en la opera, en el circo, etc.) destellos de lo eterno ¿?.

Para Edgar Degas la eternidad es una experiencia hermosa que es fugaz: por su instantaneidad y belleza  decidió plasmarla con el gesto sutil de su pincel. Retazos de eternidad aparecen en sus cuadros.

Si consideramos que “hoy es siempre todavía” (A. Machado) llegaremos a la siguiente reflexión: ¿la idea de lo eterno ocurre sólo en el mundo perfecto de las ideas o es una abstracción que se ve posibilitada gracias a nuestra existencia? Si aceptamos que la idea de lo eterno existe porque existimos tendremos que reconocer que lo eterno se restringe a nuestra experiencia.  Y, si se restringe a nuestra experiencia, diremos que esa idea de lo eterno ocurre en un presente (hoy) que es todavía (siempre). Es decir, que la eternidad es “siendo” todavía. Lo eterno es ahora. He “aquí la aurora” contantemente.

Si extrapolamos la idea empírica de que la eternidad es siendo en nuestras vidas debemos darnos a la tarea identificar los instantes (fugacidad ) en que ocurre.   Esos instantes nosotros lo asociamos a una experiencia poética. 

 Asociamos una experiencia poética con esa singularidad sensible de inhalar y exhalar nuestra presencia vitalísima en circunstancias imprevistas: es cuando nuestro ser  abre un agujero en el tiempo para asomarse en plenitud. El poeta Gonzalo Rojas lo ha logrado intuir:”Un aire, un aire, un aire, Un aire, Un aire nuevo: no para respirarlo sino para vivirlo”: ¿Quién no se ha suspendido o visto suspendido del tiempo inmerso en la quietud de un instante?.

Aproximarse a materializar obras puede ayudarnos a rescatar de la voracidad del tiempo la hermosura siempre esquiva a la palabra. Pero no obstante el olvido, el hecho de haber tenido una experiencia poética es  haber participado ligeramente en lo eterno: la eternidad es esa fugacidad sensible que nos parece hermosa porque nos suspende del tiempo.

En conclusión, tenemos tres ideas principales acerca de lo eterno: la primera que le relaciona con lo inmutable, divino e infinito; la segunda que, ante la conciencia de la primera, intenta trascender (pequeña eternidad) dejando gloría y fama de sí, y, la tercera,  que es nuestra tesis: que la eternidad es una experiencia humana que se manifiesta en instantes bellos que agujerean el ritmo monótono del tiempo.

 



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